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Se organiza en teoría cada viernes a las 20:00, cada uno aportando como regla de juego una pregunta o un tema para provocar dialogo. Los temas son totalmente libres, no limitándose a los de Japón.

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Nos vemos , el viernes 15 de septiembre 2017

-Temas: diversos

-En el hotel H10 a partir de 20:00

Saludos.

10 de enero de 2008

43.¡No se admiten propinas en Japón!


43.¡No se admiten propinas en Japón!

*Joaquín Luna, periodista del periódico “La Vanguardia” se sorprende al ver que en Japón no se aceptan propinas(ver el artículo abajo). Dice que “Merece un monumento.” De verdad que merece un monumento. Y más, tendría el mismo valor que el monte Fuji que es el símbolo y el patrimonio de Japón.

**El periodista en su artículo yuxtapone el sistema económico japonés sin propinas y el americano con propinas que son antagónicos, y considera que al final el sistema japonés había triunfado en detrimento del americano. Pero no. La economía japonesa existe desde hace dos milenios sin parar. No es que la economía japonesa hubiera empezado hace solo 140 años con la llegada de la nueva era Meiji cuyo régimen propuso la modernización del país. Otra cosa es que Japón empezó su modernización introduciendo el sistema europeo, no tanto el sistema americano (maquinaria, tren, coche, carretera: desde Inglaterra...donde los coches corren a la izquierda, sistema militar: desde Francia, Constitución: desde Alemania). El gran impacto americano en Japón a nivel económico, industrial, y cultural había empezado más bien cuando Japón había perdido la guerra y que los militares americanos con todos sus poderes mantuvieron su presencia en Japón durante cerca de siete años.

***El sistema de pago con propinas no encontró espacio en la economía japonesa. En primer lugar, porque la gente no entendía el sentido de las propinas. “¿Por qué se tiene que pagar más, cuando el precio del servicio es prefijado?” “¿Con qué derecho voy a cobrar más a un cliente que pide mi servicio con el precio ya acordado?”

****Tradicionalmente, no hay colores en el servicio en Japón. El servicio debe ser perfecto hasta que el cliente esté contento, y si el servicio no ha satisfecho al cliente, es por culpa del servidor. Cumplir con su profesionalidad y así satisfacer al cliente forma parte de su obligación. No hay grado ni más, ni menos de un trato de servicio. Contribuir a la satisfacción de su cliente hasta el máximo es obligación de todos. Con esta perspectiva, ¿Dónde podría entrar la costumbre occidental de las propinas? Es que satisfacer a los clientes es una larga tradición japonesa en cualquier comercio. No es el lema de una gran empresa, sino es una costumbre que se practica en cualquier rincón de Japón a nivel de cualquier tipo de comercio. El comportamiento de “Los clientes son Dios” se practica de manera muy natural en cualquier sitio. A lo mejor, este tipo de comportamiento japonés sorprendería a los occidentales más que su costumbre de no pagar las propinas.

****La clave para entender por qué no se desarrolló la costumbre de pagar propinas en Japón se atribuiría a la casi inexsistencia de clases sociales. Históricamente, si por un lado había un puñado de dirigentes sociales en torno a los emperadores, shoguns, gobernadores regionales, etc..., por otro, la inmensa mayoría era la población que estaba en las mismas condiciones. Como la gente estaba igual de condiciones, no había espacio para que se desarrollaran clases sociales. Si no había diferencia de clases entre la gente, tampoco no había necesidad de que apareciera la costumbre de pagar las propinas.

*****La igualdad de condiciones entre la población es un factor muy importante en Japón. Es lo que a veces hace decir a sociólogos que es un país que se parece a un país comunista. Casi no existen clases sociales, a pesar de que se clama últimamente que la desigualdad social está peligrosamente en auge en este país, pero en comparación con los países occidentales, es todavía insignificante. Y si el servicio se da habitualmente, entre esta población igual de condiciones, con mayor atención y del corazón, no hay razón para que aparezca una curiosa manera de “pagar más” en forma de propinas. Atender a los clientes con mayor atención es un acto de lo más normal.

******Por eso, muchos japoneses cuando viajan a un país occidental se sorprenden, se desconciertan, y no saben qué hacer al ver la costumbre de pagar las propinas. Es la misma manera de reaccionar, pero de manera inversa, del periodista catalán al constatar que no hay costumbre de propinas en Japón. Su sorpresa era mayúscula cuando un taxista paró el taxímetro por haberse equivocado de camino, o cuando se le preparó una comida fuera del horario. Eso forma parte del paisaje cultural de Japón. Se podría decir que es más sorprendente que haya alguien que se sorprenda por eso. De la misma manera se puede explicar por qué algunos japoneses que han empezado a vivir en un país occidental son afectados psicológicamente y deprimidos después de haber sufrido un choque cultural. Lo que funciona en su país sin ni siquiera pedir un trato favorable y mayor atención, no funciona si no se muestra algún señuelo, premio ventajoso, o sencillamente autoridad o amenaza...

*******En conclusión, a lo mejor el no pagar las propinas es una costumbre milagrosa y una forma de economía más sana. Es una forma de servicio con profesionalidad y corazón. Está claro que tiene el mismo valor que el monte Fuji.

Toshio Okada, Barcelona,
El 19 de enero 2008.



Vanguardia
Japón no admite propinas
No consta quién se opuso a copiar la propina en el japón del XIX, pero merece un monumento EE.UU. y Japón son dos modelos antagónicos de cómo llegar al buen servicio con y sin propina
El país desarrollado con el servicio más atento y eficaz del mundo, Japón, es el único donde no existe la propina

El huésped aterriza en la cafetería de un gran hotel de Tokio -más de mil habitaciones- pasadas las diez de la noche de un domingo. No hay animación. En estos casos, el viajero suele hacerse preguntas y no precisamente optimistas. Encara la carta sin mucho ánimo y observa, encima, que es distinta. Es más reducida que la diurna y no incluye -horror- su pequeño capricho: una ensalada césar, esa aportación de la gastronomía de Estados Unidos que hoy se sirve vulgarizada con tiras de pollo reseco.
suena la flauta. Diez minutos después, llega una ensalada césar, jugosa y fresca. Y después un Club sándwich. Dispendio menor, tratamiento superior. El viajero no se ha sentido solo y tiene predisposición a dar una buena propina. Pero la norma es la norma: en Japón no se admiten. Nunca. Es curioso. La propina no existe en el lugar del mundo donde más a gusto la daría el cliente.

Japón y Estados Unidos son los dos modelos antagónicos de la propina en este mundo globalizado. Japón la rechaza de plano, Estados Unidos la exige. Al final de la calle hay, en ambos casos, un buen servicio. Mejor que en Europa, sin duda. La fórmula de Japón es cómoda, clara y hubiera constituido la mejor propaganda del mundo comunista cuando pugnaba por convencer a Occidente de sus ventajas. El modelo de Estados Unidos es aritmético y poco complicado -se trata de añadir de un 10 a un 15 por ciento a la cuenta-, salvo que, como sucede a menudo, el viajero europeo se agarre a un clavo ardiendo para regatearle el sueldo al camarero que le ha tratado con diligencia. No hay otra, y lo demás son ganas de cicatear.

En Japón no se aceptan propinas. Y, sin embargo, el servicio es impecable, ya se trate de un hotel de cinco estrellas o de un tugurio que sirve tazas de fideos ramen -chinos- a las cinco de la mañana a un grupo de clientes que han salido ilesos de una noche de copas. El buen servicio en Japón forma parte de una manera de ser cuidadosa, hecha a la medida de la clase media -la que peor lo pasa ante el dilema de la propina y sus variantes-, propia de una nación orgullosa de que Made in Japan signifique calidad.

Llegan a tiempo las maletas a las habitaciones y el botones no espera nada. El taxista detiene el contador cuando ha cometido el error de no coger la salida debida y eso que el gaijin -extranjero en tono poco cariñoso- es un mirlo blanco en las autovías de Tokio. Y se excusará además varias veces.

La insularidad de Japón es una razón relativa para explicar la ausencia de propinas. Hay pocas ciudades tan globalizadas y contemporáneas como Tokio, una capital que duerme menos que Nueva York. La era Meiji supuso en 1867 la restauración imperial y el gran salto adelante hacia la modernización. Conscientes de la superioridad tecnológica, científica y política de Europa y Estados Unidos, los nuevos señores del país enviaron misiones al mundo para que sintetizaran los adelantos. Tragaron su etnocentrismo y copiaron todo lo que había que copiar en el mundo desarrollado de la era. Japón se modernizó y entró en la liga de las potencias mundiales con un poso británico que luego distorsionó el militarismo de los años treinta (Japón declaró la guerra a Alemania en la contienda de 1914). No consta quién rechazó de plano entonces la propina -acaso por el poso feudal- cuando en cambio se copiaron mil y un aspectos occidentales, como la repostería europea. Aún hoy, Japón sirve los pasteles occidentales -óperas, petits chouxs, strudels o plum cakes- con un virtuosismo que raramente se encuentra ya en los salones de París, Viena o Londres. No consta quién se opuso a la propina en el Japón de los Meiji, pero merece un monumento de los viajeros del siglo XXI. Joaquín Luna Tokio. Enviado especial 28/11/2007 Actualizada a las 03:31h

1 comentario:

Felicity Shaw dijo...

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